sábado, 25 de diciembre de 2010

Contemplando el Pesebre en esta Navidad de 2010

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
« ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» (Lc 2, 1-14)

El tiempo de Navidad es momento de gracia y de oportunidad. Es un tiempo rico para la contemplación del Misterio de Dios que se hace pequeño; es una invitación a descubrir y profundizar en el mensaje de salvación. Es tiempo de identificación con el estilo de vida de Jesús.


El evangelio nos relata que María embarazada y José no encontraban albergue en Belén, y el único lugar para ellos fue un pesebre.


Es muy significativa la frase “no había lugar para ellos” (Lc 2,7)… El Dios creador de todo no tenía un lugar. Ya de grande va a decir “que el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 9,58).


“No había lugar”: Dios se hace pequeñito, se hace bebé, se hace vulnerable, necesitado. Contemplamos al Dios-bebe que necesita del hombre para crecer, para vivir. Rara paradoja: en lugar de nosotros necesitar de Dios, él nos necesita a nosotros.


“No había lugar” en una casa, como no hay lugar muchas veces en el corazón de los hombres. La “casa” es el “corazón”. Corazón muchas veces cerrado por el dolor, los golpes, desengaños o simplemente por un acto de nuestra voluntad que no quiere abrirse.


El misterio que hoy contemplamos nos habla de un Dios que viene porque los hombres no nos acercábamos, en muchos casos por esta cerrazón del corazón.
Si frenamos, y solo contemplamos, descubrimos que la Navidad nos muestra más a Dios que viene, que al hombre que va hacia él. El viene a nosotros y busca lugar. Nos busca, te busca.

Y así es Dios. Golpea la puerta.


Es impresionante ver como las puertas se cerraban a una mujer embarazada. Seguramente veían más un problema que una necesidad a socorrer. Los corazones cerrados no dejan lugar al amor, incluso en hombres y mujeres muy piadosos.


Es muy triste descubrir como las puertas, e incluso la vida, se cierra infinidad de veces a lo que creemos puede generar problemas como lo era una embarazada que viene de Nazaret de Galilea a Belén de Judea.


Pero si nos animamos a ver desde otro ángulo los golpes en la puerta de nuestra vida pueden ser oportunidades, pueden ser las excusas de un Dios que viene a nuestra vida -la tuya y la mía- al que muchas veces no le abrimos el corazón. Y ahí empieza a resonar: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Apoc 4, 20).


La historia continuamente nos presenta situaciones de puertas cerradas, de corazones inmisericordes, de incapacidad de ponerse en el lugar de otro, de egoísmos que no hacen más que invitarnos a vernos el ombligo.

Otro detalle interesante es ver que Jesús no nace en palacios sino en el lugar de los animales. ¡Qué increíble, los animales son los que le dan lugar!


Está rodeado por algunos animales y luego aparecen los pastores, los más humildes de su tiempo. Los que por turnos cuidaban el rebaño en la intemperie. Los sin hogar fijo, los que tienen por techo el cielo con sus estrellas. La Navidad nos invita a aprender del pobre, del humilde.


Nace Jesús en ciudad extraña, entre animales y los más sencillos de su tiempo.


Y hoy, ¿dónde encontraría lugar? ¿Quién le abriría la puerta a unos extraños pidiendo lugar donde dar a luz? ¿Cómo tiene que ser o pensar alguien para que le abra la puerta?


Estas líneas son una invitación a pensar y obrar en consecuencia.

Somos invitados hoy a abrirnos. A abrir nuestro corazón, nuestras casas, nuestras vidas. A exponernos al amor que da lugar; invitados a la aventura loca del amor que da la vida, la propia vida.

El deseo navideño es que nuestras vidas y nuestra Iglesia sea un lugar lleno de amor y sencillez; de entrega generosa y servicial de muchos que queremos abrirnos a la aventura de amar, celebrar y servir a Dios, especialmente en nuestros hermanos.



Al pesebre los primeros que vinieron son los pastores y lo llenaron de música y alegría con su humildad; de tierras lejanas llegaron los reyes magos… Ninguno de los “importantes” de su tiempo estaba allí.


Y volviendo nuestra mirada a nuestro alrededor sabemos bien que nuestro barrio se hizo con nuestros padres y abuelos que encontraron un lugar en esta bendita tierra. Como la encontraron mi abuela gallega y mi padre polaco, y tantos otros que escapaban de la guerra, la miseria o la falta de trabajo.


El extranjero se hizo vecino y empezó a darle forma a un nuevo barrio. La casa grande que es la parroquia empezó a tener su sitio del cual todos formaban parte.


Del mismo modo nuestro barrio empezó a crecer y llenarse de nuevos vecinos que como nuestros antepasados buscan un lugar donde vivir y crecer. Hermanos de países vecinos y del interior profundo de nuestra patria buscaron y buscan crecer y formar comunidad.


El mensaje de la Navidad es un mensaje de oportunidad, de apertura, de romper estructuras mentales y de abrir corazón y la cabeza.


La Navidad es encuentro, es comunión. La Iglesia quiere y tiene que ser lugar de encuentro, de casa grande.

La Navidad es oportunidad.


El “Emanuel”, el “Dios con nosotros” busca estar de un modo distinto, nos invita a ser y vivir de otro modo.


Es la oportunidad para abrir el corazón y descubrir que Jesús no solo viene en la Nochebuena sino todos los días.


Nos dice Jesús en el evangelio de Mateo:
“Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. (Mt 25,34-40)

Nos solo este tiempo es de apertura de corazón y cabeza, “todos los días son “Navidad”. Todos cada uno de los momentos de nuestra vida son invitaciones a decir que “si había lugar para ellos”: para Jesús, María, José y los pequeños con los que se identifica el mismo Señor.. Busquemos en nuestros ambientes y lugares a los María, José, Jesús que se esconden.


¡Feliz Navidad para todos nosotros y en especial para todos aquellos que hoy no tienen un lugar donde estar ni un corazón que los reciba! Jesús nace para ellos también, Jesús es su esperanza…


¡Quizá su única esperanza!, hasta que estemos nosotros ahí.


Ahí tenemos que estar, ese es nuestro lugar…

sábado, 11 de diciembre de 2010

Comunicado de la Pastoral Social de Buenos Aires

Comisión de Pastoral Social

Arquidiócesis de Buenos Aires

Ante los acontecimientos ocurridos durante los últimos días en el Parque Indoamericano del barrio de Villa Soldati de nuestra Ciudad, creemos necesario hacer un aporte orientado a la paz social, al diálogo institucional y al consenso para el Bien Común.

Exhortamos a las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires para que, a través de las herramientas políticas, jurídicas e institucionales que correspondan, trabajen en conjunto con las autoridades nacionales para dar una solución a la crisis suscitada a partir de la toma del predio del Parque Indoamericano.
Entendemos que estos hechos tan dolorosos no se agotan en sí mismos sino que responden a problemáticas estructurales que han venido madurando desde hace tiempo.
Problemas complejos como la pobreza y la desigualdad, y las carencias derivadas de ellas, requieren soluciones complejas de mediano y largo plazo y la acción conjunta de las diferentes jurisdicciones involucradas.

La solución al presente conflicto debe tener en cuenta que esta toma es producto de los derechos desatendidos de personas con profundas necesidades.

Argentina es un país formado en su gran mayoría por inmigrantes que llegaron a esta tierra con la esperanza de un futuro mejor. Debemos tener memoria de esto y proveer los medios para que los nuevos inmigrantes se integren de manera plena en nuestra sociedad. Esto debe ser una política de estado que tenga en cuenta los derechos y deberes de los nuevos inmigrantes, junto al de todos los argentinos, sin ningún tipo de discriminación.

Debemos tener amplitud de miras y grandeza de corazón. Estas actitudes preparan el terreno para un diálogo fructífero sin caer en la violencia física o verbal, privilegiando la política como camino de resolución de los conflictos.
Rogamos a Dios por nuestros hermanos que han perdido la vida en este conflicto social y rezamos por sus familias.
Que nuestra Madre la Virgen de Luján nos conceda la justicia y la paz.
Buenos Aires, 10 de Diciembre de 2010

Unas líneas para todos



Hace unos minutos que llegué de la Parroquia San Juan Diego, vecina de la nuestra y al lado del Parque Indoamericano.

La "tensa calma" de las últimas horas se trasformaron en un momento de oración e interseción pidiendo para que haya luz en los dirigentes para que haya luz en los hermanos.

Tiempo de gracias frente a las imágenes peregrinas de Guadalupe y el Cristo Negro que viajaron por 19 paises de latinoamérica desde 1992 al 2000, uniendo pueblos y sentires.
Regalo también compartir el mate y la oración hecha canto con el Padre Cacho y Ova, con Ruli Canali y Fernando Ortiz, con Matias y Pablo...

No dejemos de rezar para que Dios entre en los corazones de todos: no hay solución posible sin amor, sin búsqueda de camino de hermandad, solidaridad y oportunidades para todos...
No es tiempo de juzgar sino de obrar en el amor... Los cristianos estamos llamados a hacer la diferencia. Ojalá la descubramos y actuemos en consecuencia...

Bendiciones para todos
Javier

sábado, 4 de diciembre de 2010

De San Juan Damaceno... Intersante como modelo de vida...

De la Declaración de la fe, de san Juan Damasceno, Cap. 1: PG 95, 417-419

Así, pues, oh Cristo, Dios mío, te humillaste para cargarme sobre tus hombros, como oveja perdida, y me apacentaste en verdes pastos; me has alimentado con las aguas de la verdadera doctrina por mediación de tus pastores, a los que tú mismo alimentas para que alimenten a su vez a tu grey elegida y excelsa.

Por la imposición de manos del obispo, me llamaste para servir a tus hijos. Ignoro por qué razón me elegiste; tú solo lo sabes.

Pero tú, Señor, aligera la pesada carga de mis pecados, con los que gravemente te ofendí; purifica mi corazón y mi mente. Condúceme por el camino recto, tú que eres una lámpara que alumbra.

Pon tus palabras en mis labios; dame un lenguaje claro y fácil, mediante la lengua de fuego de tu Espíritu, para que tu presencia siempre vigile.

Apaciéntame, Señor, y apacienta tú conmigo, para que mi corazón no se desvíe a derecha ni izquierda, sino que tu Espíritu bueno me conduzca por el camino recto y mis obras se realicen según tu voluntad hasta el último momento.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Sermón sobre los pastores (Sermón 46 - Selección)

Sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores.


No acabáis de aprender ahora precisamente que toda nuestra esperanza radica en Cristo y que él es toda nuestra verdadera y saludable gloria, pues pertenecéis a la grey de aquel que dirige y apacienta a Israel. Pero, ya que hay pastores a quienes les gusta que les llamen pastores, pero que no quieren cumplir con su oficio, tratemos de examinar lo que se les dice por medio del profeta. Vosotros escuchad con atención, y nosotros escuchemos con temor.

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza diciéndoles». Acabamos de escuchar esta lectura; ahora podemos comentarla con vosotros. El Señor nos ayudará a decir cosas que sean verdaderas, en vez de decir cosas que sólo sean nuestras. Pues, si sólo dijésemos las nuestras, seríamos pastores que nos estaríamos apacentando a nosotros mismos, y no a las ovejas; en cambio, si lo que decimos es suyo, él es quien os apacienta, sea por medio de quien sea. Esto dice el Señor: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?» Es decir, que no tienen que apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas. Ésta es la primera acusación dirigida contra estos pastores, la de que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas. ¿Y quiénes son ésos que se apacientan a sí mismos? Los mismos de los que dice el Apóstol: Todos sin excepción buscan su interés, no el de Jesucristo.

Por nuestra parte, nosotros que nos encontramos en este ministerio, del que tendremos que rendir una peligrosa cuenta, y en el que nos puso el Señor según su dignación y no según nuestros méritos, hemos de distinguir claramente dos cosas completamente distintas: la primera, que somos cristianos, y, la segunda, que somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente.


Son muchos los cristianos que no son obispos y llegan a Dios quizás por un camino más fácil y moviéndose con tanta mayor agilidad, cuanto que llevan a la espalda un peso menor. Nosotros, en cambio, además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta a Dios del cumplimiento de nuestro ministerio.

Oigamos, pues, lo que la palabra divina, sin halagos para nadie, dice a los pastores que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas: Os coméis su enjundia, os vestís con su lana; matáis las más gordas y, las ovejas, no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no recogéis a las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se desperdigaron y fueron pasto de las fieras del campo.

Se acusa a los pastores que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas, por lo que buscan y lo que descuidan. ¿Qué es lo que buscan? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana. Pero por qué dice el Apóstol: ¿Quién planta una viña, y no come de su fruto? ¿Qué pastor no se alimenta de la leche del rebaño? Palabras en las que vemos que se llama leche del rebaño a lo que el pueblo de Dios da a sus responsables para su sustento temporal. De eso hablaba el Apóstol cuando decía lo que acabamos de referir.

Ya que el Apóstol, aunque había preferido vivir del trabajo de sus manos y no exigir de las ovejas ni siquiera su leche, sin embargo, afirmó su derecho a percibir aquella leche, pues el Señor había dispuesto que los que anuncian el Evangelio vivan de él. Y, por eso, dice que otros de sus compañeros de apostolado habían hecho uso de aquella f facultad, no usurpada sino concedida. Pero él fue más allá y no quiso recibir siquiera lo que se le debía. Renunció, por tanto, a su derecho, pero no por eso los otros exigieron algo indebido: simplemente, fue más allá. Quizás pueda relacionarse con esto lo de aquel hombre que dijo, al conducir al herido a la posada: Lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

¿Y qué más vamos a decir de aquellos pastores que no necesitan la leche del rebaño? Que son misericordiosos, o mejor, que desempeñan con más largueza su deber de misericordia. Pueden hacerlo, y por esto lo hacen. Han de ser alabados por ello, sin por eso condenar a los otros. Pues el Apóstol mismo, que no exigía lo que era un derecho suyo, deseaba, sin embargo, que las ovejas fueran productivas, y no estériles y faltadas de leche.

En una ocasión en que Pablo se encontraba en una gran indigencia, preso por la confesión de la verdad, los hermanos le enviaron con qué remediar su indigente necesidad. El les dio las gracias y les dijo: Al socorrer mis necesidades, habéis obrado bien. Yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abundancia. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación.

Porque trataba de darles a entender lo que se proponía, a propósito del bien que ellos habían hecho, y no quería ser entre ellos uno de esos que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas, por eso, más que alegrarse de que hubiesen acudido a remediar su necesidad, quiso congratularse de su fecundidad en buenas obras. ¿Qué era entonces lo que pretendía? No es que yo busque regalos, busco que los intereses se acumulen en vuestra cuenta. «Y no para quedar yo repleto –venía a decirles–, sino para que vosotros no os quedéis desprovistos».

Así, pues, quienes no puedan, como Pablo, sostenerse con el trabajo de sus manos, no duden en aceptar la leche de las ovejas, para sustentarse en sus necesidades, pero que no se olviden de las ovejas débiles. No han de buscar esto como ventaja suya, como si anunciasen el Evangelio para remedio de su pobreza, sino con el fin de poder entregarse a la preparación de la palabra de verdad con la que han de iluminar a los hombres. Pues son como luminarias, según está dicho: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas; y: No se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Si en tu casa se encendiera una lámpara, ¿no le pondrías aceite para que no se apagara? Y, si, después de ponerle aceite, la lámpara no alumbrara, no se la colocaría en el candelero, sino que inmediatamente se la tiraría. La necesidad autoriza, pues, a aceptar, y la caridad, a dar los medios necesarios para la subsistencia. Y ello no porque el Evangelio sea algo banal, como si lo recibido como medio de vida por quienes lo anuncian fuera su precio. Si así lo estuvieran vendiendo, lo estarían malvendiendo. En efecto, si el sustento de sus necesidades han de recibirlo del pueblo, el premio de su entrega es de Dios de quien tienen que aguardarlo. Pues el pueblo no puede otorgar la recompensa a quienes le sirven en la caridad del Evangelio. Éstos no aguardan su premio sino del mismo Señor de quien el pueblo espera su salvación.

Entonces, ¿por qué se increpa y acusa a aquellos pastores? Porque, mientras bebían la leche y se vestían con la lana de las ovejas, no se ocupaban de ellas. Buscaban, pues, su interés, no el de Jesucristo.

Ya que hemos hablado de lo que quiere decir beberse la leche, veamos ahora lo que significa cubrirse con su lana. El que ofrece la leche ofrece el sustento, y el que ofrece la lana ofrece el honor. Éstas son las dos cosas que esperan del pueblo los que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas: la satisfacción de sus necesidades con holgura y el favor del honor y la gloria.

Desde luego, el vestido se entiende aquí como signo de honor, porque cubre la desnudez. Un hombre es un ser débil. Y, el que os preside, ¿qué es sino lo mismo que vosotros? Tiene un cuerpo, es mortal, come, duerme, se levanta; ha nacido y tendrá que morir. De manera que, si consideras lo que es en sí mismo, no es más que un hombre. Pero tú, al rodearle de honores, haces como si cubrieras lo que es de por sí bien débil.

Ved qué vestidura de esta índole había recibido el mismo Pablo del buen pueblo de Dios, cuando decía: Me recibisteis como a un mensajero de Dios. Porque hago constar en vuestro honor que, a ser posible, os habríais sacado los ojos por dármelos. Pero, habiéndosele tributado semejante honor, ¿acaso se mostró complaciente con los que andaban equivocados, como si temiera que se lo negaran y le retiraran sus alabanzas si los acusaba? De haberlo hecho así, se hubiera contado entre los que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas. En ese caso, estaría diciendo para sí: «¿A mí qué me importa? Que haga cada uno lo que quiera; mi sustento está a salvo, lo mismo que mi honor: tengo suficiente leche y lana; que cada un tire por donde pueda». ¿Con que para ti todo está bien, si cada uno tira por donde puede? No seré yo quien te dé responsabilidad alguna, no eres más que uno de tantos. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él.

Por eso, el mismo Apóstol, al recordarles la manera que tuvieron de portarse con él, y para no dar la impresión de que se olvidaba de los honores que le habían tributado, les aseguraba que lo habían recibido como si fuera un mensajero de Dios y que, si hubiera sido ello posible, se habrían sacado los ojos para ofrecérselos a él. A pesar de lo cual, se acercó a la oveja enferma, a la oveja corrompida, para cauterizar su herida, no para ser complaciente con su corrupción. ¿Y ahora me he convertido en enemigo vuestro por ser sincero con vosotros? De modo que aceptó la leche de las ovejas y se vistió con su lana, pero no las descuidó. Porque no buscaba su interés, sino el de Jesucristo.

Ya habéis oído lo que los malos pastores aman. Ved ahora lo que descuidan. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas, es decir, a las que sufren; no recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes, destrozándolas y llevándolas a la muerte. Decir que una oveja ha enfermado quiere significar que su corazón es débil, de tal manera que puede ceder ante las tentaciones en cuanto sobrevengan y la sorprendan desprevenida.

El pastor negligente, cuando recibe en la fe a alguna de estas ovejas débiles, no le dice: Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente. Porque quien dice tales cosas, ya está confortando al débil, ya está fortaleciéndole, de forma que, al abrazar la fe, dejará de esperar en las prosperidades de este siglo. Ya que, si se le induce a esperar en la prosperidad, esta misma prosperidad será la que le corrompa; y, cuando sobrevengan las adversidades, lo derribarán y hasta acabarán con él.

Así, pues, el que de esa manera lo edifica, no lo edifica sobre piedra, sino sobre arena. Y la roca era Cristo. Los cristianos tienen que imitar los sufrimientos de Cristo, y no tratar de alcanzar los placeres. Se conforta a un pusilánime cuando se le dice: «Aguarda las tentaciones de este siglo, que de todas ellas te librará el Señor, si tu corazón no se aparta lejos de él. Porque precisamente para fortalecer tu corazón vino él a sufrir, vino él a morir, a ser escupido y coronado de espinas, a escuchar oprobios, a ser, por último, clavado en una cruz. Todo esto lo hizo él por ti, mientras que tú no has sido capaz de hacer nada, no ya por él, sino por ti mismo».

¿Y cómo definir a los que, por temor de escandalizar a aquellos a los que se dirigen, no sólo no los preparan para las tentaciones inminentes, sino que incluso les prometen la felicidad en este mundo, siendo así que Dios mismo no la prometió? Dios predice al mismo mundo que vendrán sobre él trabajos y más trabajos hasta el final, ¿y quieres tú que el cristiano se vea libre de ellos? Precisamente por ser cristiano tendrá que pasar más trabajos en este mundo.

Lo dice el Apóstol: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo será perseguido. Y tú, pastor que tratas de buscar tu interés en vez del de Cristo, por más que aquél diga: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo será perseguido, tú insistes en decir: «Si vives piadosamente en Cristo, abundarás en toda clase de bienes. Y, si no tienes hijos, los engendrarás y sacarás adelante a todos, y ninguno se te morirá». ¿Es ésta tu manera de edificar? Mira lo que haces, y dónde construyes. Aquel a quien tú levantas está sobre arena. Cuando vengan las lluvias y los aguaceros, cuando sople el viento, harán fuerza sobre su casa, se derrumbará, y su ruina será total.

Sácalo de la arena, ponlo sobre la roca; aquel que tú deseas que sea cristiano, que se apoye en Cristo. Que piense en los inmerecidos tormentos de Cristo, que piense en Cristo, pagando sin pecado lo que otros cometieron, que escuche la Escritura que le dice: El Señor castiga a sus hijos preferidos. Que se prepare a ser castigado, o que renuncie a ser hijo preferido.

El Señor, dice la Escritura, castiga a sus hijos preferidos. Y tú te atreves a decir: «Quizás seré una excepción.» Si eres una excepción en el castigo, quedarás igualmente exceptuado del número de los hijos. «¿Es cierto —preguntarás— que castiga a cualquier hijo?» Cierto que castiga a cualquier hijo, y del mismo modo que a su Hijo único. Aquel Hijo, que había nacido de la misma substancia del Padre, que era igual al Padre por su condición divina, que era la Palabra por la que había creado todas las cosas, por su misma naturaleza no era susceptible de castigo. Y, precisamente, para no quedarse sin castigo, se vistió de la carne de la especie humana. ¿Con qué va a dejar sin castigo al hijo adoptado y pecador, el mismo que no dejó sin castigo a su único Hijo inocente? El Apóstol dice que nosotros fuimos llamados a la adopción. Y recibimos la adopción de hijos para ser herederos junto con el Hijo único, para ser incluso su misma herencia: Pídemelo: te daré en herencia las naciones. En sus sufrimientos, nos dio ejemplo a todos nosotros.

Pero, para que el débil no se vea vencido por las futuras tentaciones, no se le debe engañar con falsas esperanzas, ni tampoco desmoralizarlo a fuerza de exagerar los peligros. Dile: Prepárate para las pruebas, y quizá comience a retroceder, a estremecerse de miedo, a no querer dar un paso hacia adelante. Tienes aquella otra frase: Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. Pues bien, prometer y anunciar las tribulaciones futuras es, efectivamente, fortalecer al débil. Y, si al que experimenta un temor excesivo, hasta el punto de sentirse aterrorizado, le prometes la misericordia de Dios, y no porque le vayan a faltar las tribulaciones, sino porque Dios no permitirá que la prueba supere sus fuerzas, eso es, efectivamente, vendar las heridas.

Los hay, en efecto, que, cuando oyen hablar de las tribulaciones venideras, se fortalecen más, y es como si se sintieran sedientos de la que ha de ser su bebida. Piensan que es poca cosa para ellos la medicina de los fieles y anhelan la gloria de los mártires. Mientras que otros, cuando oyen hablar de las tentaciones que necesariamente habrán de sobrevenirles, aquellas que no pueden menos de sobrevenirle al cristiano, aquellas que sólo quien desea ser verdaderamente cristiano puede experimentar, se sienten quebrantados y claudican ante la inminencia de semejantes situaciones.

Ofréceles el alivio de la consolación, trata de vendar sus heridas. Di: «No temas, que no va a abandonarte en la prueba aquel en quien has creído. Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere sus fuerzas». No son palabras mías, sino del Apóstol, que nos dice: Tendréis la prueba que buscáis de que Cristo habla por mí. Cuando oyes estas cosas, estás oyendo al mismo Cristo, estás oyendo al mismo pastor que apacienta a Israel. Pues a él le fue dicho: Nos diste a beber lágrimas, pero con medida. De modo que el salmista, al decir con medida, viene a decir lo mismo que el Apóstol: No permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. Sólo que tú no has de rechazar al que te corrige y te exhorta, te atemoriza y te consuela, te hiere y te sana.

No fortalecéis a las ovejas débiles, dice el Señor. Se lo dice a los malos pastores, a los pastores falsos, a los pastores que buscan su interés y no el de Jesucristo, que se aprovechan de la leche y la lana de las ovejas, mientras que no se preocupan de ellas ni piensan en fortalecer su mala salud. Pues me parece que hay alguna diferencia entre estar débil, o sea, no firme –ya que son débiles los que padecen alguna enfermedad–, y estar propiamente enfermo, o sea, con mala salud.

Desde luego que estas ideas que nos estamos esforzando por distinguir las podríamos precisar, por nuestra parte, con mayor diligencia, y por supuesto que lo haría mejor cualquier otro que supiera más o fuera más fervoroso; pero, de momento, y para que no os sintáis defraudados, voy a deciros lo que siento, como comentario a las palabras de la Escritura. Es muy de temer que al que se encuentra débil no le sobrevenga una tentación y le desmorone. Por su parte, el que está enfermo es ya esclavo de algún deseo que le está impidiendo entrar por el camino de Dios y someterse al yugo de Cristo.

Pensad en esos hombres que quieren vivir bien, que han determinado ya vivir bien, pero que no se hallan tan dispuestos a sufrir males, como están preparados a obrar el bien. Sin embargo, la buena salud de un cristiano le debe llevar no sólo a realizar el bien, sino también a soportar el mal. De manera que aquellos que dan la impresión de fervor en las buenas obras, pero que no se hallan dispuestos o no son capaces de sufrir los males que se les echan encima, son en realidad débiles. Y aquellos que aman el mundo y que por algún mal deseo se alejan de las buenas obras, éstos están delicados y enfermos, puesto que, por obra de su misma enfermedad, y como si se hallaran sin fuerza alguna, son incapaces de ninguna obra buena.

En tal disposición interior se encontraba aquel paralítico al que, como sus portadores no podían introducirle ante la presencia del Señor, hicieron un agujero en el techo, y por allí lo descolgaron. Es decir, para conseguir lo mismo en lo espiritual, tienes que abrir efectivamente el techo y poner en la presencia del Señor el alma paralítica, privada de la movilidad de sus miembros y desprovista de cualquier obra buena, gravada además por sus pecados y languideciendo a causa del morbo de su concupiscencia. Si, efectivamente, se ha alterado el uso de todos sus miembros y hay una auténtica parálisis interior, si es que quieres llegar hasta el médico –quizás el médico se halla oculto, dentro de ti: este sentido verdadero se halla oculto en la Escritura–, tienes que abrir el techo y depositar en presencia del Señor al paralítico, dejando a la vista lo que está oculto.

En cuanto a los que no hacen nada de esto y descuidan hacerlo, ya habéis oído las palabras que les dirige el Señor: No curáis a las enfermas, ni vendáis sus heridas; ya lo hemos comentado. Se hallaba herida por el miedo a la prueba. Había algo para vendar aquella herida; estaba aquel consuelo: Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida.

No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas. En este mundo andamos siempre entre las manos de los ladrones y los dientes de los lobos feroces y, a causa de estos peligros nuestros, os rogamos que oréis. Además, las ovejas son obstinadas. Cuando se extravían y las buscamos, nos dicen, para su error y perdición, que no tienen nada que ver con nosotros: «¿Para qué nos queréis? ¿Para qué nos buscáis?» Como si el hecho de que anden errantes y en peligro de perdición no fuera precisamente la causa de que vayamos tras de ellas y las busquemos. «Si ando errante –dicen–, si estoy perdida, ¿para qué me quieres? ¿Para qué me buscas?» Te quiero hacer volver precisamente porque andas extraviada; quiero encontrarte porque te has perdido.

«¡Pero si yo quiero andar así, quiero así mi perdición!» ¿De veras así quieres extraviarte, así quieres perderte? Pues tanto menos lo quiero yo. Me atrevo a decirlo, estoy dispuesto a seguir siendo inoportuno. Oigo al Apóstol que dice: Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo. ¿A quiénes insistiré a tiempo, y a quiénes a destiempo? A tiempo, a los que quieren escuchar; a destiempo, a quienes no quieren. Soy tan inoportuno que me atrevo a decir: «Tú quieres extraviarte, quieres perderte, pero yo no quiero.» Y, en definitiva, no lo quiere tampoco aquel a quien yo temo. Si yo lo quisiera, escucha lo que dice, escucha su increpación: No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas. ¿Voy a temerte más a ti que a él mismo? Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.

De manera que seguiré llamando a las que andan errantes y buscando a las perdidas. Lo haré, quieras o no quieras. Y, aunque en mi búsqueda me desgarren las zarzas del bosque, no dejaré de introducirme en todos los escondrijos, no dejaré de indagar en todas las matas; mientras el Señor a quien temo me dé fuerzas, andaré de un lado a otro sin cesar. Llamaré mil veces a la errante, buscaré a la que se halla a punto de perecer. Si no quieres que sufra, no te alejes, no te expongas a la perdición. No tiene importancia lo que yo sufra por tus extravíos y tus riesgos. Lo que temo es llegar a matar a la oveja sana, si te descuido a ti. Pues oye lo que se dice a continuación: Matáis las ovejas más gordas. Si echo en olvido a la que se extravía y se expone a la perdición, la que está sana sentirá también la tentación de extraviarse y de ponerse en peligro de perecer.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Como llegar a la parroquia...

Medios de transportes y modos de llegar a la parroquia.

Parroquia Madre de Dios
Av. Escalada 2350 (entre Zuviría y Echeandía)
El templo se encuentra equidistante dos cuadras de Eva Perón y la Autopista Dellepiane.

Algunos caminos posibles:

Te acercan las siguientes líneas de colectivos

  • 47, 50 y 36 (Va por Escalda y te dejan a 30 metros en la esquina de Echeandia)
  • 107 (Viene por Olivera, toma Escalada y tiene parada antes de doblar por Eva Perón, a dos cuadras de la parroquia)
  • 5 (Cartel Piedrabuena) te deja en la esquina de Escalada y Crisóstomo Alvarez.
  • 141,103 y 97 en Eva Perón y Escalada (A dos cuadras)

Si venís en vehículo:


1- Desde el centro: tomar autopista 25 de mayo (camino Ezeiza), luego del peaje la segunda bajada es Escalada; al bajar doblar a la derecha y a dos cuadras a la derecha se encuentra el templo.

2- Desde Caballito – Flores: tomar J. B. Alberdi doblar a la izquierda en Olivera, antes de llegar a Eva Perón doblar a la derecha por Primera Junta hacer 30 metros y volver a doblar a la izquierda. Pasada Eva Perón dos cuadras a la izquierda se ve el templo.

3- Desde zona Belgrano, Nuñez o Saavedra tomar General Paz sentido Riachuelo y tomar la Autopista Dellepiane sentido Capital (no Ezeiza), bajar en Escalada doblar a la derecha y pasar por debajo de la Dellepiane y dos cuadras más a la derecha está el templo.

4- Desde la provincia por Rivadavia , J. B. Alberdi o Emilio Castro doblar a la derecha por Olivera y hacer mismo recorrido que número 2.

5- Desde la provincia Zona Sur, tomar Gral. Paz o camino de cintura hasta Richieri-Dellepiane sentido capital, en la bajada Escalada doblar a la derecha y pasar por debajo de la Dellepiane y dos cuadras más a la derecha está el templo.

6- Desde la provincia Zona Norte, tomar Gral. Paz sentido Riachuelo y tomar la Autopista Dellepiane sentido Capital (no Ezeiza), bajar en Escalada doblar a la derecha y pasar por debajo de la Dellepiane y dos cuadras más a la derecha está el templo.

lunes, 4 de octubre de 2010

Luján: Camino, Visita, Encuentro, Regreso

Por el Cardenal Jorge Mario Bergoglio

Una cosa que quiero decirles y que quizá pueda servirles y que es el carácter explosivo de las cosas de Dios. Esta reunión es un puchito para que se vayan encontrando hasta desembocar con los miles y miles que van caminando Luján.

Las cosas de Dios son levadura, son mucha gracia. Cada uno de los que están aquí ponen su experiencia, su deseo, su organización, su trabajo, sus grupos y estos se van multiplicando de manera muy misteriosa.

Se da una convocatoria que trasciende la mera organización en equipo, eso es constatado en todos los ámbitos. El equipo organiza, prepara todo, pero la convocatoria esta más allá. Quien convoca no nos pertenece. Nosotros somos parte de los convocados. Esto es claro, es importante, hay un peregrinar. Y un peregrinar que se multiplica. Un peregrinar que pone primero el camino. Si uno peregrina, camina. Como el que camina la vida. Dios quiso que su pueblo caminara. Dios no hizo la cosa, “ bueno, ya está, pum!“ y se hizo . La fe se fue gestando en un largo camino. En lo personal también, cada uno de nosotros tiene sus hitos irreversibles, en la vida de ustedes, que los fueron marcando, los fueron sellando.

Es el caminar que Dios quiere para su pueblo, con los momentos importantes del camino.
Peregrinar supone tener conciencia que la fe se da en un camino Cuando uno deja de caminar, como que la fe queda clausurada, encapsulada.

Pero pensemos en el día de Luján en la fe del pueblo de Dios que está caminando. Pero significa, no solo como signo, sino como hecho real. Son momentos privilegiados de ese pueblo de Dios que camina

Y también, peregrinar, significa Visita. Caminamos hacia, para visitar, para ver a alguien. Pero la peregrinación culmina con un encuentro con la. Madre, en el descanso, nos vamos a encontrar con Ella, nos esta esperando, la vamos visitar.

En esencia el tercer rasgo de peregrinar supone encuentro También la visita es un encuentro. Encontrarse con otros, es como nos encontramos en el camino, como pueblo caminando, unos con otros.

Pero no se trata solamente que yo me voy a encontrar, porque quizá lo principal es que yo me tengo que dejar encontrar.

Cuando voy en peregrinación, cuando voy caminando para visitar, mi corazón tiene que estar dispuesto para la sorpresa y sino la peregrinación puede ser una huida. Una huida de lo específico Dios: la sorpresa. Ese Dios que viene de manera sorprendente cuando me haga más falta. Pensemos por ejemplo la escena de los discípulos de Emaus, ellos caminaban para visitar, pero estaban huyendo de Dios, estaban huyendo del misterio. No tenían la más mínima intención de dejarse encontrar.

Ahora, este dejarse encontrar, tiene un peso en algo que salió recién, lo diría así: cuando yo voy con mi Parroquia, con mi grupo, con la gente que conozco, me dejo encontrar por la gente que va sola? Me integro con ella? Me integro a su caminar solo? Es apertura de los límites meramente parroquiales, de los movimientos, grupales de la gente que se conoce.

Si no corremos el riesgo de abrirnos al camino, pero cerrados en nosotros mismos. De ir a encontrar a la Virgen pero no dejarnos encontrar con Ella. De encontrar al Pueblo de Dios, ahí porque lo estamos viendo, pero no dejarnos encontrar con el Santo Pueblo fiel de Dios, que tiene algo que decir. Y mucha gente va convocada por la Virgen. Una de las noches en que yo estuve confesando en Luján, noche de la peregrinación, le preguntaba a la gente con quien había venido, a la gente que se confesaba. Y calculo que alrededor del treinta por ciento me dijo vine solo. Eso es lo que constate ahí, no se que valor general tenga. Hay un buen porcentaje que va convocado, si hay quien convoca, convoca la Virgen.

Entonces es importante en el encuentro, donde supone peregrinar, es dejarme encontrar por la sorpresa de Dios en el camino, - que es mi hermano que va solo, que es mi hermano del grupo de otra parroquia, que es mi hermano a quien yo no conozco y yo me dejo integrar a él y lo integro a mi grupo. Eso es comunicación del pueblo, eso es auténtica solidaridad, caminar en conjunto con un vecino común de salvación. Entonces, como resumiendo, peregrinar supone caminar pero en compañía del pueblo de Dios, supone visitar a alguien, supone encontrarme con alguien y dejarme encontrar. Corazón abierto para dejarme encontrar.

El cristiano que no aprende a dejarse encontrar por Jesucristo, con su Santísima Madre, con la Virgen y a dejarse encontrar con el hermano, le falta cinco para el peso, no termina de ser cristiano.

Es como esa parte del Evangelio en que Dios viene y a uno le cambia a la vida. Cuando San Mateo estaba ahí cambiando monedas y cobrando impuestos en la entrada del pueblo, el no lo encontró a Jesús, él se dejó encontrar por Jesús. Entonces ustedes déjense encontrar por toda la gente que no conocen en el camino, entonces se van a sentir mas pueblo de Dios. Menos yo y más nosotros.
Después está el hecho del camino. En el camino hay dos cosas que hay que tener en cuenta: No se camina mirando al suelo, se camina mirando lo que pasa, mirando la realidad, es un símbolo. En el camino tenemos que ir con las cosas que están pasando, por mi corazón, por mi vida, por mi barrio, por mi parroquia, por mi patria, por mi pueblo. El cristiano es siempre el dialogo con la realidad, no es un caminar puramente ascético, así, descarnado... Y es por eso que en el camino entran las preocupaciones, entran los problemas. Que tienen curiosamente su símbolo más cercano en las limitaciones fisicazo de cansancio, o de depre, que le va agarrando a uno cuando ya se hace pesado el camino. Con realidades cercanas que nos tienen que representar a. esas realidades de impotencia, de cansancio, de sufrimiento de nuestro pueblo.

Y a la vez las realidades de alegría, de la frescura que es la gratuidad de Dios. Que a partir de las cosas que vamos viendo allí, que ustedes mencionaron: la realidad de cómo hay que acercarse, si hay que acercarse, por los robos y el alcohol. 0 sea, que de alguna manera, eso coyuntural que no tendría que pasar, parecería, y pasa, no es más que un aspecto de una realidad de nuestro pueblo de Dios, que somos pecadores. La realidad del pecado que tenemos que acompañar, la realidad de la rapiña, la realidad del vicio fácil y cercano.

Se camina en medio de las realidades, nunca ensimismado, sino no es camino cristiano. Y qué es lo que me tira caminar en medio de las realidades?, es la esperanza, o sea siempre se camina en esperanza. Es curioso, en el camino nadie empuja, sino que alguien atrae Acuérdense de la imagen de la esperanza en los primeros cristianos, la esperanza ellos la dibujaban como un ancla. El ancla. Cuando uno está en medio del río, la tira a la orilla, se clava y entonces con la soga vamos acercando la canoa. La esperanza la tenemos clavada mas allá y nosotros tenemos que tener la soga bien agarrada e ir tirando. No vemos quizá. la otra orilla, no la pisamos, pero tenemos la soga y nuestro corazón anclado en la esperanza.

En el camino, uno a Luján lo tiene ya anclado en la esperanza y esto es un signo de lo que es el caminar cristiano. El corazón anclado en lo que está más allá, sin negar lo que está más acá, o sea asumiendo todo esto que acabo de decir: la realidad del pueblo, que es uno mismo. Y nadie puede separarse de su pueblo, uno es en la medida que pertenece a un pueblo, sino no es. El cristianismo de probeta no existe todavía y cuando empiece a ser de probeta deja de ser cristiano.

Y en ese caminar las personas se unen, uno tiene la experiencia de que hay una unidad siempre que nos trasciende: a la pequeña unidad familiar, social Que la unidad misteriosa en la cual estamos reunidos por el Bautismo en Jesucristo, es mucho más grande y ahí debemos estar.

Finalmente hoy tenia ganas de tocar un puntito “el regreso", la capacidad de regresar de la peregrinación. Uno peregrina y después tiene que empezar a actuar eso que es fruto del hombre y la mujer maduros: la capacidad de regresar, de alguna manera, el camino andado, para reconciliarse con las realidades de cada día, para reconciliarse con el pueblo que encontró en el camino y con el cual se dejo encontrar. Para reconciliarse con el pueblo al que pertenece, para reconciliarse con los dolores de ese pueblo, para reconciliarse con las dificultades y las alegrías, para reconciliarse con lo que dejo el pecado, lo cual se da en Jesucristo.

Es propio de la madurez de hombres y mujeres, la capacidad de regresarse. En toda peregrinación, de alguna manera surge como un regreso de la peregrinación. Tenemos momentos en la peregrinación, donde el físico se cansa., hasta parece que uno se deprime: es el regreso.

El regreso a lo habitual, pero con una comprensión nueva de todo lo que hemos vivido hasta antes de la peregrinación Y de ahí seguir caminando sin tener controlado el camino, el camino nunca se controla, el camino nos controla a nosotros. Estas cosas nos pueden servir para ir haciendo el camino a Lujan.

Homilia Cardenal Bergoglio - Peregrinación a Luján 2010

Homilía del Sr. Arzobispo
En la XXXVI Peregrinación Juvenil al Santuario de Luján
“Madre, queremos una Patria para todos”


“Ahí está tu hijo”, ¡aquí están tus hijos Madre! Tu pueblo peregrino viene a tu Casa desde muchos años, siglos…

En el corazón de los hijos está arraigado ese momento que nos cuenta el evangelio, y aquí cada peregrino, cada uno de nosotros que vinimos ayer y hoy, así lo vivimos. Jesús en la cruz nos miró en el apóstol y nos dejó el mejor regalo: su Madre, que es nuestra Madre.

Hermanos y hermanas: en Luján creció fuerte esta presencia de la Virgen, nuestra Madre. Hoy, también en mayo y en diciembre, muchos venimos para estar cerca de la Madre. Venimos porque nos hace falta este lugar de confianza y de descanso. Venimos a contarle a la Virgen como anda nuestra vida y nos llevamos su mirada que es aliento para seguir el camino. Esto no se suele publicar mucho, pero es lo que los hijos viven con mucha fe y son muchos los que aquí han instalado su lugar de encuentro y bendición. Aquí venimos porque nos hace falta seguir confiando y seguir alimentando lo más nuestro, lo que da sentido a nuestras vidas.

Este año la Casa de la Virgen en Luján, tiene, para nuestra Patria, un gran significado. Igual que nosotros hoy, muchos vinieron durante siglos hasta este lugar reconociendo en las palabras del evangelio una pertenencia, una pertenencia de hijos.
Aquí como hijos renovamos la dignidad de personas, porque la Virgen Madre nos lleva a Jesús que nos enseña con su Palabra y nos entrega su vida.
Y aquí generaciones de hijos, conocidos o anónimos peregrinos de la Virgen , han hecho crecer la Patria y nos han dejado esta Casa que se fue edificando con amor. Todos ellos recibieron la bendición de la Virgen y ella nos animó también a recibir la fe que, de padres a hijos, aquí continúa creciendo.

Como hijos de esta querida Patria queremos seguir cuidados por la Virgen. Que nada ni nadie nos confunda. Aquí Nuestra Señora de Luján se quiso quedar como “La primera fundadora de esta Villa”. Y si nuestros mayores nos enseñaron a confiar porque visitaron a la Virgen en la gloria y en la tristeza, nos confirman ellos también lo que el pueblo argentino siempre hizo en este sitio: confiar en quien prometió cuidarlos. En este año de comienzo del Bicentenario miramos a nuestra Madre y le expresamos nuestro deseo hecho oración: “Madre queremos una Patria para todos”. Que todos tengan cabida. Que no haya “sobrantes”, excluidos ni explotados. Que esta Patria para todos nos consolide como hermanos en la herencia patriótica de nuestros mayores. Que nadie sea despreciado. Que no crezca el odio entre nosostros. Que el rencor, ese yuyo amargo que mata, no eche raíces en nuestro corazón (cfr. Hebr. 12:15 ). Madre queremos una Patria renovada en la fraternidad; Madre, queremos una Patria para todos.
Y como en tantos otros años te pedimos: no nos sueltes de tu mano, sabemos en quien pusimos nuestra confianza.


Luján, 3 de octubre de 2010.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

lunes, 27 de septiembre de 2010

San Vicente de Paul - Un texto que es una joya...

De los Escritos de san Vicente de Paúl, presbítero.(Carta 2.546: «Correspondance, entretiens, documents», París 1922-1925, 7)

EL SERVICIO A LOS POBRES HA DE SER PREFERIDO A TODO

Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que con frecuencia son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me envió a evangelizar a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos.

Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres. Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo para todos. Por lo cual todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos.

El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos.

Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores.

jueves, 9 de septiembre de 2010

La Argentina Insolente

Me llego por mail... me parece bueno.

Por Mario Rosen

(El Dr. Mario A. Rosen es médico, educador, escritor. Tiene 63 años. Socio fundador de Escuela de Vida, Columbia Training System, y Dr. Rosen & Asociados. Desde hace 15 años coordina grupos de entrenamiento en Educación Responsable para el Adulto. Ha coordinado estos cursos en Neuquén, Córdoba, Tucumán, Rosario, Santa Fe, Bahía Blanca y en Centro América. Médico residente y Becario en Investigación clínica del Consejo Nacional de Residencias Médicas (UBA). Premio Mezzadra de la Facultad de Ciencias Médicas al mejor trabajo de investigación (UBA). Concurrió a cursos de perfeccionamiento y actualización en conducta humana en EEUU y Europa. Invitado a coordinar cursos de motivación en Amway y Essen Argentina, Dealers de Movicom Bellsouth, EPSA, Alico Seguros, Nature, Laboratorios Parke Davis, Melaleuka Argentina, BASF.)


En mi casa me enseñaron bien.

Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:

Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.

Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.

Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía... Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con la simple amenaza: “Ya van a ver cuando llegue papá”. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar... Porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa.

No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.

Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas... Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.

Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran “lavarse las manos antes de sentarse a la mesa” o “escuchar cuando los mayores hablan”.

Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera.

Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las reglas” mediante el sano y excitante proceso de la “travesura” que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente..

La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible.

El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo.

Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.

Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había “travesuras” sin “castigo”, y una enorme cantidad de “reglas” que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite decir).

El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba.

Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: "la impunidad". ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad.

En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad.

Le explicaré: Justicia, porque “el que las hace las paga”. Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo... Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.

Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa.

Y así creí que sería en la vida.. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que todo funcionara. En mi casa había una “Tercera Regla” no escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado.

Esta fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:

Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su lugar.

Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo.

Eso es lo que nos arruinó. LA INSOLENCIA.

Usted puede romper una regla -es su riesgo- pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes.

La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio.

El mal de los Argentinos es la insolencia. La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza.

La insolencia hace un culto de cuatro principios:

- Pretender saberlo todo

- Tener razón hasta morir

- No escuchar

- Tú me importas, sólo si me sirves.

La insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación.

La insolencia en mi país logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira.

Así nos vamos a quedar sin trabajo todos.

Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.

Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas?

Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos tan fácilmente a los atropellos de los insolentes?

Yo se lo voy a contestar.

PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.

Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros.

No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.

Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla.

Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.

Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA.

Yo creo que la insolencia colectiva tiene un solo antídoto, la responsabilidad individual. Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada.

Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa.

Porque hay que aprender a hacerlo todos los días. Ése es el desafío.

Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el tiempo. Nuestro país está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.

¿A USTED QUÉ LE PARECE?

¿PODREMOS RECONOCERNOS EN LA CALLE ?

Espero no haber sido insolente.

En ese caso, disculpe.

Dr. Mario Rosen

jueves, 27 de mayo de 2010

Un Sueño hecho realidad

¡Hola a todos! Muchos de ustedes saben que desde hace un tiempo venimos soñando un espacio nuevo para chicos desde 45 a 4 años.

Ese sueño ya es una realidad: en el mes de junio empieza a funcionar el Centro de Primera Infancia “Virgencita de Luján”.

El Centro apunta a garantizar el crecimiento y desarrollo saludable de los niños y niñas de 45 días a 4 años en situación de vulnerabilidad social. Para ello se brindará una atención integral que incluya la atención de la salud, estimulación temprana y asistencia nutricional, creando condiciones de participación activa de los padres y madres para su inserción en el proceso de educación de sus hijos e hijas.

La población de niños y niñas destinatarios de nuestro Centro pertenece a la zona sur de nuestra ciudad, a las zonas ZAP (Zonas de Acción Prioritarias). Viven en condiciones de hacinamiento en lugar de entre 5 y 7 personas, habitando 1 o 2 ambientes, a veces compartiendo hasta con 2 o 3 familias un mismo espacio. Mayormente los padres trabajan en changas, cartoneando, y algunos incluso están en situación de calle. Todo esto en muy precarias condiciones de salud.

Esto va a reportar en un gran beneficio para los chiquitos y las familias.

Queremos sumarlos a este proyecto: necesitamos pañales (45 días a 2 años), algunos muebles específicos para las salas (cunas, mesitas y sillas), juguetes y material didáctico, algunos electrodomésticos (microondas, heladeritas, minipimer, procesadoras, DVD, televisor, equipos de sonidos), material de librería, etc.

Las necesidades son muchas. Cualquier cosa comuniquense para ver como se puede ayudar.

Dios nos bendiga y la Virgen Gaucha nos cuide

P. Javier

Daniel Goldman - Oración en el Te Deum en Luján

Tierra de vidalas y Salmos.

Tierra de cobijo para inmigrantes.

Tierra de creación de gauchos judíos.

Tierra de sembrado de semillas y de cosecha de doctores.

Tierra de Gerchunoff, César Tiempo y Milstein.

Tierra de costureros y hojalateros.

Tierra de maestros y aprendices.

Tierra de diversidad y universidad.

Tierra que forja nuestra identidad tan judía como argentina y tan argentina como judía.

Tierra que nos enseña que identidad y memoria son dos caras de una misma moneda.

Tierra que nos convoca en este día de profundo carácter simbólico a habitarla a través del arte de la memoria.

Memoria que nos interpela y nos demanda.

Memoria que incomoda al cómodo y acomoda al incómodo.

Evoco la memoria en el derecho de los pueblos originarios.

Evoco la memoria de los padres de la patria.

Evoco la memoria de los que ejercieron el poder con decencia y humildad.

Evoco la memoria de los obreros muertos en la Semana Trágica.

Evoco la memoria de los desaparecidos en la dictadura y los chicos de Malvinas.

Evoco la memoria de los muertos en la Embajada y en la AMIA.

Evoco la memoria de las voces marginadas, de los pobres y los excluidos.

Porque la memoria afirma la vida, y nos compromete con la humanidad.

Porque la memoria detiene cualquier abuso de poder, otorga espíritu de resistencia y dignifica.

Porque la memoria rescata de la humillación y el exilio.

Porque la memoria exige que la autocrítica no sea mera disculpa sino el ejercicio que nos ayude a retomar nuestros ideales como nación.

Invocamos a Dios

En esta celebración del Bicentenario, para que nos guíe y nos desafíe a seguir construyendo, a través de la memoria, un porvenir con un compromiso activo, de modo tal que los siglos nos vuelvan ejemplo de prosperidad, solidez, integración e integridad y que la gente diga con orgullo:

Al gran pueblo argentino, Shalom.

* Rabino Daniel Goldman. Comunidad Bet El.
Texto pronunciado en el Tedéum de Luján

miércoles, 26 de mayo de 2010

TE DEUM 25 DE MAYO DE 2010 EN LA BASILICA DE LUJAN

Mensaje de monseñor Agustín Radrizzani, arzobispo de Mercedes-Luján en el Te Deum por el Bicentenario (25 de mayo de 2010)

Señora Presidenta de la Nación Dra. Cristina Fernández de Kirchner,

Excelentísimos Señores Presidentes de países amigos,

Su Excelencia Reverendísima Señor Nuncio Apostólico, Enviado Extraordinario de Su Santidad Benedicto XVI en Misión Especial para participar en los Actos Centrales de la Conmemoración de la Revolución de Mayo,

Queridos hermanos en el Señor.

Al comenzar esta reflexión con ocasión del acontecimiento histórico para nuestra patria que conmemora los 200 años de su nacimiento, entre este 25 de mayo de 2010 y el 9 de julio de 2016, quiero dar un saludo especial a todos los presentes y a aquellos que nos siguen por cadena nacional, de parte de mis hermanos obispos, que desde todas las catedrales de la Argentina, dan gracias a Dios por este aniversario.

Llegamos con gratitud y emoción a este templo, cobijo maternal de todos los argentinos para celebrar el solemne Te Deum.

Queremos ver nuestra historia desde la fe, con sus luces y sus sombras, sus angustias y esperanzas. Mientras sufrimos y nos alegramos, permanecemos en el amor de Cristo, mirando nuestro mundo…(1)

El magno aniversario que nos convoca no nos impide estar preocupados por algunos signos de deterioro de nuestro acervo cultural, heredado de los padres de la Patria, que han hecho de nuestro pueblo ciudadanos convencidos de aquellos valores que dignifican la persona humana. Toda legislación, presente o futura, deberá promover la defensa de la vida, la familia y el bien común. No son estos aspectos conflictivos los que nos ocupan y hoy reclaman nuestra atención, sino aportar desde nuestra identidad y, ante los desafíos de este nuevo siglo, algunas líneas para proyectar el futuro con dignidad.

Buscando iluminar la celebración del Bicentenario como oportunidad de crecimiento, plantearé cuatro dimensiones: memoria, identidad, reconciliación y desafíos.

1. Memoria

Hoy llegamos para rezar, para unirnos en esta oración privilegiada de alabanza que ha acompañado la vida de la iglesia y de los pueblos cristianos desde hace mas de 1600 años - esta es la antigüedad que tiene la oración del Te Deum- . Nuestra Patria también ha recurrido a ella aquél 25 de mayo de 1810, donde los cabildantes profirieron el primer grito de libertad, que llegaría a su formalización y federalización cuando las Provincias Unidas de la América del Sud se reunieran en San Miguel de Tucumán para proclamar la Independencia el 9 de julio de 1816.

Un dato que quiero destacar es que a los pocos días de constituida la Junta de mayo, la cual asumiera la soberanía correspondiente al pueblo por la ausencia del rey de España, tomado prisionero por las tropas napoleónicas, también el cabildo de Luján, precisamente el 17 de junio, mandó oficiar un Te Deum, ante esta misma imagen de Nuestra Señora, por la instalación del primer gobierno patrio (2) y hoy aquí, dos siglos después, a Ella nos volvemos a confiar.

Miramos la historia desde la Providencia, desde el plan de Dios, a pesar de nuestras mezquindades y, bajo este punto de vista decimos que El ha conducido la historia. Nuestro Dios, “fuente de toda razón y justicia”, como expresa el preámbulo de nuestra constitución, nos ha ayudado paternalmente a caminar, a progresar, a organizarnos, a superar conflictos, a abrazar los ideales democráticos, a recibir en nuestro suelo a todos los “hombres de buena voluntad”, a cultivar el espíritu de tolerancia, a promover los amplios y variados caminos de la promoción humana.

Por tanto, damos gracias a Dios por la vida de todos nuestros hermanos que habitan este bendito suelo. Riquezas humanas en las diversas razas, desde los aborígenes hasta las diferentes corrientes migratorias. Y gracias también por las riquezas naturales con que hemos sido beneficiados por el Creador en nuestro vasto territorio.

2. Identidad

Los obispos argentinos decíamos en 2008 “Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza.(…) En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana. Estos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina. (3)

Los mencionados valores, que cimientan nuestra identidad han sido heroicamente vividos por quienes nos dieron independencia y libertad y trazaron sendas para hacer grande y noble nuestra nación. Como ejemplo baste mencionar a dos de nuestros mayores próceres como lo son el General Manuel Belgrano, de profundas convicciones cristianas, el cual pasara en septiembre de 1810 por este santuario y mandase celebrar una misa solemne en honor de la Virgen pidiendo la protección del Señor ante las campañas emprendidas. También el libertador don José de San Martín, desde el año 1813 fue acompañado hasta el final de sus batallas en 1823, por un relicario de Nuestra Señora de Luján.

La posibilidad de convivir en paz aborígenes, mestizos, e inmigrantes que habitan nuestro querido suelo y, hoy conforman la rica amalgama que nos identifica, también la hemos de colocar entre los agradecimientos. Se logró así una cultura, entendiendo por ella el modo de vida de un pueblo, abarcando todos los aspectos: los valores que lo animan y los desvalores que lo debilitan (4).

3. Reconciliación

En este momento crucial debemos estar empeñados por defender a cualquier costo el bien común y la unidad nacional.

Si somos humildes, hemos de hacer nuestra súplica de perdón al Padre de todos por los errores cometidos, por tantos egoísmos que nos llevaron a tremendas luchas fratricidas, desde los inicios de nuestra nacionalidad. Convencidos de la fragilidad de la condición humana, no nos excluimos, como Iglesia de las miserias, aunque la fe en Cristo nos anima y nos hace misericordiosos, ya que el perdón que ofrecemos al prójimo nos obtiene el perdón de Dios (5).

Esa misma fe en Cristo, Señor del mundo y de la historia, nos anima en la esperanza de lograr acá, en este mundo, una mayor transparencia de su luz: suplicamos por una justicia más efectiva, por una mejor y más equitativa distribución de la riqueza, por una mayor independencia de los poderes republicanos. Es una tarea que hacemos todos, contando con la imprescindible ayuda del Señor. Decíamos los obispos en marzo de este año: “La Patria es un don que hemos recibido, la Nación una tarea que nos convoca y compromete nuestro esfuerzo. Asumir esta misión con espíritu fraterno y solidario es el mejor modo de celebrar el Bicentenario de nuestra Patria” (6).

4. Desafíos

La historia es maestra de la vida decía Cicerón. Aprendamos de nuestras crisis, hagamos de nuestros desencuentros una oportunidad de crecimiento. De nada sirve llorar sobre las cenizas. Nunca ha ayudado la falta de esperanza. Solo se puede crecer en la comunión y el amor recíproco.

Debemos afirmar, que el bicentenario es un desafío insoslayable para la democracia argentina. El bicentenario, interpela, interroga, reclama soluciones, estimula a elaborar proyectos políticos, a presentar propuestas sociales y culturales, a mejorar la calidad de nuestras instituciones. Acá se pone en juego nuestra capacidad de ser Nación, que como rezamos en la conocida oración por la Patria, “una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.”

Estamos ante una oportunidad única, ya sea a nivel mundial, donde la llamada globalización nos desafía a no perder nuestra identidad ni replegarnos sobre nosotros mismos. Se trata de enriquecernos dándonos. También es una ocasión propicia y hasta necesaria para una mayor integración al continente, a la América latina que conforman nuestros hermanos más cercanos: la patria grande soñada por San Martín y por Bolívar.

Como argentinos y argentinas nos debemos un mayor desarrollo federal, sano y armónico. Llevamos transitados el mayor período en régimen democrático de nuestra historia y son apenas 27 años. Hemos de promover, como dice el papa Benedicto “una mayor fidelidad a la democracia, ya que es la única que puede garantizar la igualdad y los derechos de todos” (7). Se trata, explica más adelante en el mismo discurso, de una democracia con valores, es decir que busque la verdad y se pruebe en la justicia.

El desafío de una educación para todos y que, como decía el gran educador de la juventud San Juan Bosco tenga por finalidad lograr “honestos ciudadanos y buenos cristianos”. Otro desafío impostergable será saldar nuestra deuda con los pueblos originarios. Ambas tareas nos permitirán construir nuestro futuro en paz y prosperidad.

Nos debemos un dialogo magnánimo y sereno, que significa abrirnos camino a través de la palabra y para eso debemos escucharnos con respeto y fortalecer el consenso sobre referencias comunes y constantes, más allá de partidismos e intereses personales.

No será tarea fácil incluir a todos, promover la igualdad y el desarrollo social, sin “sobrantes” como dice el documento de Aparecida, aunque también sabemos que sin la presencia y ayuda divina esto es imposible, ya que la mayor pobreza es la de no reconocer la presencia del Misterio de Dios y de su amor en la vida del hombre (8).

Al concluir, queridos hermanos, permítanme dirigir mi oración al Señor por intercesión de su Santísima Madre:

En el bicentenario que comenzamos a celebrar nos ponemos una vez en tus manos María de Luján, para que nos alcances de tu Hijo Jesús la fortaleza y la sabiduría que nos encaminen decididamente hacia la Patria de hermanos que soñamos.

Por eso te pedimos nos concedas Señor:

Humildad para poder servirte en los pobres.

Esperanza para superar las dificultades.

Paciencia para saber construir con generosidad y alegría.

Hambre y sed de justicia para trabajar por un mundo nuevo.

Misericordia para sabernos perdonados.

Un corazón puro para descubrirte en todos.

Ser artesanos de la paz en cada día de nuestra vida.

En una palabra, no avergonzarnos nunca de creer en Ti y vivir con coherencia el Evangelio.

Jesucristo Señor de la historia, te necesitamos. Sé nuestro Pastor y guíanos siempre. Amén.


Notas:

(1) V Conferencia Episcopal Latinoamericana, Documento de Aparecida, Buenos Aires, 2007, n° 22

(2) Vicente Sierra, Historia de la Argentina, Buenos Aires, 1962, tomo V, pg. 61.

(3) Conferencia Episcopal Argentina, Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad, 96° Asamblea Plenaria, noviembre de 2008, n° 9 - 10.

(4) III Conferencia Episcopal Latinoamericana, Documento de Puebla, Buenos Aires, 1979, n° 387

(5) Cfr. Padre Nuestro.

(6) Conferencia Episcopal Argentina, 155° Reunión Comisión Permanente, 10 de marzo de 2010, n° 4

(7) Cfr. Benedicto XVI, Discurso a las asociaciones cristianas de trabajadores italianos, 27 de enero de 2006.

(8) V Conferencia Episcopal Latinoamericana, Documento de Aparecida, Buenos Aires, 2007, n° 405.

Te Deum en la Catedral de Buenos Aires - 25 de mayo de 2010

Fuente: Oficina de Prensa del Arzobispado de Buenos Aires


Al comenzar la celebración, el Sr. Arzobispo recordó el carácter religioso del Te Deum: adorar, dar gracias a Dios y pedir por la Patria. A continuación se leyeron los textos bíblicos del Deuteronomio 29: 9-14 y el Evangelio de San Mateo 5: 1-12. Luego, el Sr. Arzobispo expresó que para estar unido a los Obispos que celebraban en sus respectivas Diócesis el Te Deum, leería la Declaración del Episcopado del pasado 10 de marzo:



La Patria es un don, la Nación una tarea

1. La celebración del Bicentenario merece un clima social y espiritual distinto al que estamos viviendo. Urge recrear las condiciones políticas e institucionales que nos permitan superar el estado de confrontación permanente que profundiza nuestros males. La situación actual requiere una actitud de grandeza de parte de todos los argentinos, en particular de sus dirigentes. También nosotros, como pastores, nos sentimos interpelados por esta situación y no nos excluimos del examen de conciencia que se debe hacer.

2. La que sufre es la Nación toda; no es momento para victimizarnos ni para procurar ventajas sectoriales. “Aunque a veces lo perdamos de vista, la calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución cuyo deficiente funcionamiento produce un alto costo social”1 . La calidad institucional es el camino más seguro para lograr la inclusión de todos en la comunidad nacional. Por eso, es necesario que los poderes del Estado, de acuerdo a su naturaleza, actúen respetando su legítima autonomía y complementándose en el servicio al bien común.

3. Si toda la Nación sufre, más duramente sufren los pobres. Este es un reclamo del cual nos volvemos a hacer eco, porque se trata de una deuda que sigue vigente, y que se lee “en los rostros de miles de hermanos que no llegan a vivir conforme a su dignidad de hijos de Dios”2 . Por ello, es el momento de privilegiar la sanción de leyes que respondan a las necesidades reales de nuestro pueblo, y no de detenerse en opciones fijadas por intereses que no tienen en cuenta la naturaleza de la persona humana, de la familia y de la sociedad.

4. La Patria es un don que hemos recibido, la Nación una tarea que nos convoca y compromete nuestro esfuerzo. Asumir esta misión con espíritu fraterno y solidario es el mejor modo de celebrar el Bicentenario de nuestra Patria.

5. Los cristianos invitamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a unirse a nosotros en la oración para invocar al Señor, que es la fuerza de su pueblo, y a pedirle por nuestra querida Patria argentina: “Salva a tu pueblo y bendice a tu herencia; apaciéntalos y sé su guía para siempre”3 . Una vez más ponemos estos deseos y esperanzas en las manos de Nuestra Madre de Luján.



Concluida su lectura, el Coro de Ciegos entonó el canto del Te Deum y tuvo lugar la oración de los fieles. A la oración final pronunciada por el Cardenal Bergoglio, el arzobispo Tarasios del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla recitó la oración por los gobernantes. A continuación, el Pastor Angel Negro por la comunidad Evangélica, el Rabino Abraham Skorka por la Comunidad Israelita y el Scheij Abdelkader Ismael por la Comunidad Islámica hicieron una invocación cada uno. Finalmente el Cardenal Bergoglio impartió la bendición y se cantó el Himno Nacional Argentino. Concluida la ceremonia, se distribuyó a los asistentes una copia de la Declaración leída en la homilía y un ejemplar del Documento episcopal “Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad, 2010-2016”.

Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016)

Texto de los Obispos argentinos con ocasión del Bicentenario

1. Los Obispos de la Argentina, nos dirigimos a todos nuestros hermanos que habitan esta bendita tierra. Les escribimos desde nuestra fe como discípulos y misioneros de Jesucristo, «rostro humano de Dios y rostro divino del hombre» (1), porque «la misión del anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo tiene una destinación universal. Su mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los ambientes y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño. La Iglesia sabe, por revelación de Dios y por la experiencia de la fe, que Jesucristo es la respuesta total, sobreabun­dante y satisfactoria a las preguntas humanas sobre la verdad, el sentido de la vida y de la realidad, la felicidad, la justicia y la belleza. Son las inquietudes que están arraigadas en el corazón de toda persona y que laten en lo más humano de la cultura de los pueblos. Por eso, todo signo auténtico de verdad, bien y belleza en la aventura humana viene de Dios y clama por Dios».(2)

Aportes para una nueva Nación

2. Muchos signos nos hacen pensar que está por nacer un país nuevo, aunque todavía no acaba de tomar forma. En los últimos años, gracias al diálogo, hemos vivido aprendizajes cívicos importantes. De manera institucional, logramos salir de una de las crisis más complejas de nuestra historia. Elegimos la no-violencia y se establecieron programas específicos para el cuidado de los más débiles. La experiencia histórica nos ha demostrado que por el camino de la controversia se profundizan los conflictos, perjudicando especialmente a los más pobres y excluidos.

3. A partir de las crisis vividas, ya nadie cuestiona la necesidad de un Estado activo, transparente, eficaz y eficiente. Crecimos en la promoción de los derechos humanos, aunque todavía debemos avanzar en su concepción integral, que abarque a la persona humana en todas sus dimensiones, desde la concepción hasta la muerte natural (3). También maduramos en la aceptación del pluralismo, que nos enriquece como sociedad, aunque todavía persisten resabios de antiguas intolerancias.

4. Por otro lado, hemos tomado conciencia que no hay democracia estable sin una sana economía y una justa distribución de los bienes (4), aunque entre todos debemos seguir trabajando a fin de hacerla realidad y que no quede sólo en una consigna o en un plano teórico o meramente emotivo (5). Asimismo, reconocemos la importancia estratégica de la educación, de la producción y del desarrollo local, de la urgencia de generar trabajo y de la necesidad de recobrar la auténtica cultura de la laboriosidad.

5. Con vistas al Bicentenario 2010-2016, creemos que existe la capacidad para proyectar, como prioridad nacional, la erradicación de la pobreza y el desarrollo integral de todos. Anhelamos poder celebrar un Bicentenario con justicia e inclusión social. Estar a la altura de este desafío histórico, depende de cada uno de argentinos. «La gran deuda de los argentinos es la deuda social. Podemos preguntarnos si estamos dispuestos a cambiar y a comprometernos para saldarla. ¿No deberíamos acordar entre todos que esa deuda social, que no admite postergación, sea la prioridad fundamental de nuestro quehacer?» (6). No se trata solamente de un problema económico o estadístico. Es, primariamente, un problema moral que nos afecta en nuestra dignidad más esencial y requiere que nos decidamos a un mayor compromiso ciudadano. Pero sólo habrá logros estables por el camino del diálogo y del consenso a favor del bien común, si tenemos particularmente en cuenta a nuestros hermanos más pobres y excluidos.

6. Precisamente porque estamos alentando al diálogo, no pretendemos ofrecer una propuesta exhaustiva y detallada para resolver los problemas actuales del país. Más bien expresamos la necesidad de buscar acuerdos básicos y duraderos, mediante un diálogo que incluya a todos los argentinos. Tampoco queremos caer en reduccionismos y simplificaciones sobre cuestiones que requieren el aporte de muchos, y valoramos como un don la pluralidad de miradas sobre la cuestión social y política. No obstante, como hombres de fe y pastores de la Iglesia, hacemos nuestros aportes sabiendo que «la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana» (7). Por eso nos animamos a compartir nuestros anhelos y preocupaciones.

La celebración del Bicentenario (2010-2016)

7. El 25 de mayo de 1810, el Cabildo abierto de Buenos Aires expresó el primer grito de libertad para nuestra patria. El 9 de julio de 1816, los representantes de las Provincias Unidas en Sud América se reunieron en la ciudad de San Miguel de Tucumán y declararon la independencia nacional. Estamos agradecidos por nuestro país y por las personas que lo forjaron, y recordamos la presencia de la Iglesia en aquellos momentos fundacionales.

8. Cuando se celebró el primer Centenario de estos grandes acontecimientos, nuestra Nación aparecía en el concierto de los pueblos como una tierra promisoria y acogedora. Hoy, en vísperas de la celebración del Bicentenario, la realidad y el ánimo no son iguales. «Nos sentimos heridos y agobiados... Pero queremos ser Nación, una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común». (8)

9. Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia.

10. En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana (9). Estos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina.

Juntos para un nuevo proyecto de país

11. Acercándonos al Bicentenario, recordamos que nuestra patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad, como un regalo que debemos cuidar y perfeccionar. Podremos crecer sanamente como Nación si reafirmamos nuestra identidad común. En esta búsqueda del bienestar de todos, necesitamos dar pasos importantes para el desarrollo integral. Pero cuando priman intereses particulares sobre el bien común, o cuando el afán de dominio se impone por encima del diálogo y la justicia, se menoscaba la dignidad de las personas, e indefectiblemente crece la pobreza en sus diversas manifestaciones.

12. No obstante, nuestra mirada es esperanzada. «Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras» (10). Creemos estar ante una oportunidad única. Podemos aprovecharla, privilegiando la construcción del bien común, o malgastarla con nuestros intereses egoístas y posturas intransigentes que nos fragmentan y dividen.

13. ¿Por qué hablar de un proyecto de país? Hay una opinión generalizada sobre la necesidad de establecer políticas públicas que, tomando como fundamento nuestra Constitución Nacional, propicien un desarrollo federal, sano y armónico de la Argentina. Esta no es una preocupación nueva. Forma parte del pensamiento y del servicio histórico de la Iglesia: «no hay democracia posible sin una leal convergencia de aspiraciones e intereses entre todos los sectores de la vida política con miras a armonizar el bien común, el bien sectorial y el bien personal, buscando una fórmula de convivencia y desarrollo de la pluralidad dentro de la unidad de objetivos fundamentales» (11).

14. No es realista pretender un proyecto definitivamente estable, que no requiera ulteriores modificaciones, porque las necesidades cambiantes exigirán las debidas adaptaciones. Pero es indispensable procurar consensos fundamentales que se conviertan en referencias constantes para la vida de la Nación, y puedan subsistir más allá de los cambios de gobierno.

15. Desde ellos, se deberían institucio­nalizar las necesarias políticas públicas para el crecimiento de toda la comunidad. Instalarlas requiere la participación y el compromiso de los ciudadanos, ya que se trata de decisiones que no deben ser impuestas por un grupo, sino asumidas por cada uno, mediante el camino del diálogo sincero, respetuoso y abierto. Nadie puede pensar que el engrandecimiento del país sea fruto del crecimiento de un solo sector, aislado del resto.

Un nuevo acuerdo sobre políticas públicas

16. Como muchas veces hemos dicho, el diálogo es esencial en la vida de toda familia y de cualquier construcción comunitaria. El que acepta este camino amplía sus perspectivas. Gracias a la opinión constructiva del otro, descubre nuevos aspectos y dimensiones de la realidad, que no alcanzaría a reconocer en el aislamiento y la obstinación.

17. Necesitamos aceptar que toda democracia padece momentos de conflictivi­dad. En esas situaciones complejas, alimentar la confrontación puede parecer el camino más fácil. Pero el modo más sabio y oportuno de prevenirlas y abordarlas es procurar consensos a través del diálogo.

18. Sólo el diálogo hará posible concretar los nuevos acuerdos para proyectar el futuro del país y un país con futuro. Ello es fundamental en este tiempo, donde la crisis de la economía global implica el riesgo de un nuevo crecimiento de la inequidad, que nos exige tomar conciencia sobre la «dimensión social y política del problema de la pobreza» (12). En este sentido, la promoción de políticas públicas es una nueva forma de opción por nuestros hermanos más pobres y excluidos. Ratificar y potenciar la opción del amor preferencial por los pobres (13) que brota de nuestra fe en Jesucristo (14), «requiere que socorramos las necesidades urgentes y al mismo tiempo que colaboremos con otros organismos e instituciones para organizar estructuras más justas. Igualmente se requieren nuevas estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana, que impidan la prepotencia de algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales» (15). Creemos que estamos ante un momento oportuno para promover entre todos un auténtico acuerdo sobre políticas públicas de desarrollo integral.

19. Pero nunca llegaremos a la capacidad de dialogar sin una sincera reconciliación. Se requiere renovar una confianza mutua que no excluya la verdad y la justicia. Las heridas abiertas en nuestra historia, de las cuales también nos sentimos responsables, pueden cicatrizar si evitamos las parcialidades. Porque mientras haya desconfianzas, éstas impedirán crecer y avanzar, aunque las propuestas que se hagan sean técnicamente buenas. Todos debemos ser co-responsables de la construcción del bien común. Por ello, hay que sumar en lugar de restar. Importa cicatrizar las heridas, evitar las concepciones que nos dividen entre puros e impuros, y no alentar nuevas exasperaciones y polarizaciones (16), para no desviarnos del gran objetivo: contribuir a erradicar la pobreza y la exclusión. Por eso, soñamos con un Bicentenario de la reconciliación y de la unidad de los argentinos.

¿Qué estilo de liderazgo necesitamos hoy?

20. En este tiempo necesitamos tomar conciencia de que «los cristianos, como discípulos y misioneros de Jesucristo, estamos llamados a contemplar, en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos» (17). Para nosotros, este es el verdadero fundamento de todo poder y de toda autoridad: servir a Cristo, sirviendo a nuestros hermanos.

21. En un cambio de época, caracterizado por la carencia de nuevos estilos de liderazgo, tanto sociales y políticos, como religiosos y culturales, es bueno tener presente esta concepción del poder como servicio. Como Iglesia, este déficit nos cuestiona. En un continente de bautizados, advertimos la notable ausencia, en el ámbito político, comunicacional y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos, con fuerte personalidad y abnegada vocación, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas (18).

22. Por eso, es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común. (19) Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente ha de ser ante todo un testigo. El testimonio personal, como expresión de coherencia y ejemplaridad hace al crecimiento de una comunidad. Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y de la sociedad (20). No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias. Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida.

23. Alentamos a los líderes de las organizaciones de la sociedad a participar en «la reorientación y consiguiente rehabilitación ética de la política» (21). Les pedimos que se esfuercen por ser nuevos dirigentes, más aptos, más sensibles al bien común, y capacitados para la renovación de nuestras instituciones (22). También queremos reconocer con gratitud a quienes luchan por vivir con fidelidad a sus principios. Y a los educadores, comunicadores sociales, profesionales, técnicos, científicos y académicos, que se esfuerzan por promover una concepción integral de la persona humana. A todos ellos, les pedimos que no bajen los brazos, que reafirmen su dignidad y su vocación de servicio constructivo. Uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo es recuperar el valor de toda sana militancia.

Nuevas angustias que nos desafían

24. En el actual cambio de época, emerge una nueva cuestión social. Aunque siempre tuvimos dificultades, hoy han surgido formas inéditas de pobreza y exclusión (23). Se trata de esclavitudes modernas que desafían de un modo nuevo a la creatividad, la participación y la organización del compromiso cristiano y ciudadano. Como señala el Documento de Aparecida, hoy los excluidos no son solamente «explotados» sino que han llegado a ser «sobrantes y desechables» (24). La persona humana nunca puede ser instrumento de proyectos de carácter económico, social o político (25). Por ello, ante todo queremos reafirmar que nuestro criterio de priorización será siempre la persona humana, que ha recibido de Dios mismo una incomparable e inalienable dignidad (26). La Iglesia quiere ser servidora de la «dignidad infinita» de cada persona (27) y de todos los seres humanos. Ello nos lleva a «contemplar los nuevos rostros de quienes sufren» (28).

25. La nueva cuestión social, abarca tanto las situaciones de exclusión económica como las vidas humanas que no encuentran sentido y ya no pueden reconocer la belleza de la existencia. «Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios» (29). Los nuevos fenómenos «a menudo afectan a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido de la vida, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social» (30). Ello se manifiesta, por ejemplo, en el crecimiento del individualismo y en el debilitamiento de los vínculos personales y comunitarios (31). Nos preocupan especialmente las graves carencias afectivas y emocionales (32). Contemplamos un gran anhelo de encontrar razones para la existencia (33). La deuda social es también una deuda existencial de crisis del sentido de la vida: «se puede legítimamente pensar que la suerte de la humanidad está en manos de quienes sepan dar razones para vivir» (34). Ello nos debería interpelar a todos e invitarnos a discernir y promover nuevos vínculos de pertenencia y convivencia y nuevos estilos de vida más fraternos y solidarios.

26. Además, la situación actual del país y de la economía global nos demuestra que el desarrollo no se limita al simple crecimiento económico (35). Reconocemos una recuperación en la reducción de los niveles de pobreza e indigencia después de la crisis de 2001-2002. Pero también es verdad que no se ha logrado reducir sustancialmente el grado de la inequidad social. Junto a una mejora en los índices de desempleo, el flagelo del trabajo informal sigue siendo un escollo agobiante para la real promoción de millones de argentinos.

27. Es grave la situación de la educación en nuestra patria. Constituye un bien público prioritario muy deteriorado, tanto por los magros resultados en el aspecto instructivo como en la ausencia de un horizonte trascendente de la misma. Nos hallamos ante una profunda emergencia educativa que, en caso de no revertirse con inteligencia y celeridad, gravitará negativamente en el porvenir de las jóvenes generaciones.

28. Nos preocupa la subsistencia del gravísimo problema del endeudamiento del Estado. Los pagos de la deuda externa constituyen un rubro estructural del gasto público y condicionan gravemente los esfuerzos que debieran realizarse para saldar la deuda social.

29. Lamentablemente no se ha podido erradicar un histórico clima de corrupción. Tampoco el mal del clientelismo político, alimentado por la distribución de subsidios que no siempre llegan a los que menos tienen. En muchos casos continúa la margi­nación de los aborígenes y de los inmigrantes pobres. Es particularmente preocupante la situación de los adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan, a los que la pobreza les dificulta el desarrollo integral de sus capacidades, quedando a merced de propuestas fáciles o escapistas. Es escandaloso el creciente consumo de drogas que hace estragos cada vez a más temprana edad. En todo el país se ha multiplicado la oferta del juego. La población se ve afectada por la violencia y la inseguridad que se manifiestan de variadas maneras.

30. En tiempos recientes, especialmente en la crisis de la última década, hubo numerosas iniciativas en diversos sectores de la sociedad, cuya experiencia puede ayudar a la construcción de un nuevo proyecto de país. Se propusieron variados temas en orden al desarrollo integral de todos y a la superación de los males de nuestra Nación. En particular recordamos la inmensa tarea iniciada en aquellos días por las mesas del Diálogo Argentino. Pero hoy, especialmente en medio de la actual crisis de la economía global, una vez más necesitamos discernir los caminos para superar las nuevas angustias que nos desafían. Debemos enfrentar estos desafíos confiando en las reservas morales y en los profundos valores que son el sustento de nuestra convivencia, porque la falta de verdad despierta profunda desconfianza y termina dañando el tejido social.

Metas a alcanzar a la luz del Bicentenario

31. Los dramas que hemos descrito y que afectan fundamentalmente a los más desprotegidos, están íntimamente relacionados con profundas carencias morales y estructurales. Por eso, a la luz del principio de la dignidad inviolable de cada ser humano y de una concepción integral de la persona, nos parece imperioso proponer, con vistas al Bicentenario de la Nación, algunas metas que estimamos prioritarias para la construcción del bien común:

32. Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas. Todo lo dicho será siempre provisorio y frágil, sin una educación y una legislación que transmitan una profunda convicción moral sobre el valor de cada vida humana. Nos referimos a la vida de cada persona en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural. Especialmente pensamos en la vida de los excluidos e indefensos. También en la vida de las familias, lugar afectivo en el que se generan los valores comunitarios más sólidos y se aprende a amar y a ser amado. Allí se ilumina la vida afectiva privada y promueve el compromiso adulto con la vida pública y el bien común. Alentamos a las familias a participar y organizarse como protagonistas de la vida social, política y económica (36).

33. Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo. Una amistad social que incluya a todos, es el punto de partida para proyectarnos como comunidad, desafío que no hemos logrado construir en el transcurso de nuestra vida nacional. «Es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración» (37).

34. Alentar el paso de habitantes a ciudadanos responsables. El habitante hace uso de la Nación, busca beneficios y sólo exige derechos. El ciudadano construye la Nación, porque además de exigir sus derechos, cumple sus deberes (38). Hay una carencia importante de participación de la ciudadanía como agente de transformación de la vida social, económica y política. Los argentinos hemos perdido el miedo a la defensa de nuestros derechos, pero la participación ciudadana es mucho más que eso. El verdadero ciudadano intenta cumplir todos los deberes derivados de la vida en sociedad.

35. Fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones de la sociedad. Aunque a veces lo perdamos de vista, la calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución, cuyo deficiente funcionamiento produce un alto costo social.

Resulta imprescindible asegurar la independencia del poder judicial respecto del poder político y la plena vigencia de la división de los poderes republicanos en el seno de la democracia. La calidad institucional es el camino más seguro para lograr la inclusión social. Asimismo, debemos fortalecer a las organizaciones de la sociedad.

36. Mejorar el sistema político y la calidad de la democracia. Es imperioso dar pasos para concretar la indispensable y tan reclamada reforma política. También para afianzar la orgánica vitalidad de los diversos partidos y para formar nuevos dirigentes, reconociendo que las estructuras nuevas no producirán cambios significativos y estables sin dirigentes renovados, forjados en el aprecio y el ejercicio constante de los valores sociales. Sobre todo, es imprescindible lograr que toda la ciudadanía pueda tener una mayor participación en la solución de los problemas, para que así se supere el recurso al reclamo esporádico y agresivo y se puedan encauzar propuestas más creativas y permanentes. De este modo construiremos una democracia no sólo formal, sino real y participativa.

37. Afianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes. Urge otorgar capital importancia a la educación como bien público prioritario, que genere inclusión social y promueva el cuidado de la vida, el amor, la solidaridad, la participación, la convivencia, el desarrollo integral y la paz. Una tenaz educación en valores y una formación para el trabajo, unidas a claras políticas activas, generadoras de trabajos dignos, será capaz de superar el asistencialismo desordenado, que termina generando dependencias dañinas y desigualdad.

38. Implementar políticas agroindus­triales para un desarrollo integral. Es necesario concretar un programa agropecuario y agroindustrial a nivel nacional, que integre en la vida del país todo lo que está vinculado a nuestra tierra. Cabe apreciar la histórica importancia del campo en el crecimiento de nuestra sociedad y, a su vez, incorporar todos los avances tecnológicos con pleno respeto del medio ambiente. Por otra parte, se ha de alentar el desarrollo de las comunidades de los pueblos originarios y de las familias minifundistas, favoreciendo el derecho a la propiedad de la tierra que habitan y trabajan. Es prioritario apoyar la investigación y la inclusión científica y tecnológica de los diversos sectores en favor de las personas y de la sociedad.

39. Promover el federalismo, que supone la necesaria y justa autonomía de las Provincias y sus Municipios con relación al poder central, no sólo referida al gobierno de esas jurisdicciones sino también a la coparticipación de los recursos. Esta autonomía entraña la promoción de las economías regionales y la igualdad en las condiciones de vida, y también el acceso a las libertades y derechos, especialmente en lo que respecta a la educación, a la salud, al trabajo y a la vivienda digna.



40. Profundizar la integración en la Región. En estos tiempos que vivimos es tarea prioritaria revalorizar la integración regional, por ejemplo en el MERCOSUR, y también global, en el contexto de la creciente interdependencia de las naciones, conscientes que «los retrasos en la integración tienden a profundizar la pobreza y las desigualdades» (39).

Conclusión

41. Les hemos escrito estas reflexiones con espíritu constructivo, sin dejar de interrogarnos sobre nuestras propias responsabilidades. Lo hacemos desde la fe en Jesucristo «que es la respuesta total, sobreabun­dante y satisfactoria a las preguntas humanas sobre la verdad, la justicia y la belleza» (40). Tenemos siempre presente al Señor Jesús, que se angustió hasta las lágrimas cuando algunos en su tierra no aceptaban el mensaje de paz que él les ofrecía (41). Le pedimos que los argentinos, todos juntos, podamos hacer de esta bendita tierra una gran Nación justa y solidaria, abierta al Continente e integrada en el mundo. Nos acogemos a María Santísima, nuestra querida Madre de Luján, para que ofrezca esta sentida súplica a Aquel que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (42).


Los Obispos de la Argentina

96ª Asamblea Plenaria, El Cenáculo - la Montonera (Pilar), 14 de noviembre de 2008





Siglas y abreviatura de los documentos citados

Documentos del Magisterio
ChL Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici
GS Constitución pastoral Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II
PP Pablo VI, Encíclica Populorum Progressio
SRS Juan Pablo II, Encíclica Solicitudo Rei Socialis
NMI Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte
EA Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in America
DI Benedicto XVI, Discurso Inaugural en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
DA Documento Conclusivo de Aparecida
CDSI Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia


Documentos de la Conferencia Episcopal Argentina
ICN Iglesia y Comunidad Nacional
NMA Navega Mar Adentro


Notas
(1) EA 67
(2) DA 380
(3) CDSI, 154
(4) ICN, 129
(5) DA, 397.
(6) CEA, «Afrontar con grandeza nuestra situación actual», 80° Asamblea Plenaria, 11de noviembre de 2000
(7) DI, 3
(8) Conferencia Episcopal Argentina, Oración por la Patria, 2001
(9) ICN, 197; NMA 28
(10) DA, 30
(11) ICN, 127
(12) CDSI, 184
(13) DA, 396
(14) Cf. DI, 3; DA, 393-394
(15) DA, 384.
(16) DA, 534
(17) DA, 393
(18) DI, 4
(19) ChL, 42; CDSI, 410.
(20) Cf DA, 394
(21) DA, 403a
(22) CEA, «Afrontar con grandeza nuestra situación actual», 80ª Asamblea Plenaria, 11de noviembre de 2000
(23) SRS 15
(24) DA 65
(25) CDSI, 133
(26) CDSI 105
(27) DA 388
(28) Cf DA, 65
(29) DA 44
(30) NMI 50
(31) DA, 44
(32) DA, 444
(33) DA, 53
(34) GS, 31
(35) PP 14
(36) CDSI 246-249
(37) DA 535
(38) CEA, «La Doctrina Social de la Iglesia. Una luz para reconstruir la Nación», 90ª Asamblea Plenaria, 11 de noviembre 2005
(39) DA, 528
(40) DA, 380
(41) Lc 19,42
(42) Cf Jn 14,6
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